Las personas emitimos juicios de valor continuamente. Se trata de un acto natural y normal. Lo que sucede es que, con demasiada facilidad, consideramos que estos juicios, responden a la realidad.

 

No existe una verdad absoluta en casi nada.  Lo que una persona considera que algo es adecuado, otra piensa que es un fracaso.

Algunas personas consideran a sus gobernantes como grandes políticos; sin embargo, los de la oposición, los consideran unos incompetentes. Ejem: «Todos los catalanes son independentistas» se trata de un juicio de valor que algunos podrían considerar como verdadero, pero todos sabemos que «Todos los catalanes no son independentistas»

Todo esto lo extendemos y generalizamos en nuestra vida diaria, con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo etcétera. Y todo esto nos sumerge en un bucle de falsas verdades.

Es Importante comprender que cuando enjuiciamos a algo o a alguien, en realidad nos estamos exponiendo tal como nosotros somos; es decir, estamos hablando de cómo somos nosotros y cómo pensamos,  y muy poco de quien estamos enjuiciando.

Con estas premisas, en el mundo del trabajo, se suele evaluar a los trabajadores mediante juicios u opiniones, absolutamente subjetivas. Con ese modelo, la recriminación es la bandera que se exhibe.  Como resultado, el empleado evaluado con ese modelo, se siente juzgado sin posibilidad de defensa. Consecuencia: miedo y escasa productividad.

Frente a este modelo, tenemos una evaluación basada en hechos verificables.

Los compromisos y acuerdos sirven para establecer un modelo realmente de evaluación donde las opiniones y los juicios quedan relegados al cajón de los mediocres.